20.5.18

PUNTO FINAL Y CINCO ACTOS







¿Qué podría llevar consigo la nota? ¿Quizá sea un aviso? o ¿tal vez es un comunicado de despedida? La respuesta en esta historia puede que entre en un círculo vicioso. La desesperación no tiene lugar aquí y a riesgo de que ocurra, se podría iniciar un tratado de suposiciones. Lo cierto es que alguien está a punto de leer la nota y quién la ha dejado escrita la convierte en un mal presagio.


*  *  *  *  *


Sobre el tablero de la mesa redonda, cerca del borde quemado por la plancha y junto a un plato con restos de huevo frito, ahí queda el trozo de papel rasgado a un cuarto de folio con forma de hacha dentada. Una nota escrita y un bolígrafo roto sobre ella. La presión de los dedos ha partido el tubo de plástico; la bola de tungsteno de esa punta se ha disparado hacia la estantería chocando con una estatuilla de gato chino para terminar ahogada en el desagüe del fregadero, un fregadero colmado de sartenes y platos mugrientos. Rastros de tinta quedan desparramados en ese trozo de hoja con manchas de fuel; configuran un grabado de marcas digitales. Hay una letra zurda impresa en transparencias de aceite frito y sólo, únicamente, pueden ser de ella.

Un individuo en estos momentos sale iracundo de esa vivienda; su prisa da un portazo y una ráfaga de aire empuja la nota al suelo. La última frase escrita en ella se vuelca por gravidez y el punto final reventado, aplastado en rabia, quiere escaparse de ahí como sea. El punto se despega, disparado sale de ese papel, va a rodar por el suelo dejando atrás esa frase final:  Ne vedem în iad «Te veré en el infierno»


*  *  *  *


Un suelo de baldosas grises que apenas reconocen la cara del agua; una superficie llena de migas de pan, polvo, pelos ensortijados, cascarillas de cacahuetes, colillas, virutas de metal y cerillas carbonizadas. El punto, ese punto degollado de la nota, sortea al caer todos estos obstáculos; pero tropieza, choca en ese suelo sombrío con la pantalla partida de un móvil. Brillantes líneas de plástico deslumbran en esa oscuridad. El teléfono se ha quedado encendido; se visualizan detalles quebrados del fondo de pantalla: una moto “Jarli Davison” de metal impecable y posado junto a ella, un hombre en camiseta blanca de tirantes con manchas en el pecho y brazos, tatuajes tal vez.  El hombre creído doncel es fofo de tórax, va embutido en un pantalón de cuero escay; lleva colgada a su hombro una mujer morena afro con grandes globos oculares y una nariz en posición de sacamuelas. Un posado de dimensiones indefinidas, entre llevar un trofeo o portar una carabina de caza colgada a la espalda. En cierto modo una dudosa omnipotencia que se insinúa en ese suelo de baldosas grises; baldosas grises que corresponden con la misma cara de esa ambigüedad simplona con tendencia obsesiva; capaz de provocar el hecho más vil.


*  *  *


No queda apenas aire respirable en ese lugar. Un tercer piso de vecinos en un bloque de viviendas sociales de los años cincuenta. Una vivienda realquilada con un solo hilo de aire estrangulado que entra como ventilación por la rejilla del gas; tampoco le resta luz natural, apenas unos tenues rayos de polvo trazados por las rendijas de la ventana. Una lámpara se ha quedado encendida balanceándose del techo.

Fuera, en la calle, tropeles de pisadas y golpes se escuchan; gente corre, va y viene; se cruzan creando un logaritmo viandante sobre la calzada y en el centro de la misma, los círculos dilatados de una tapadera de alcantarilla son víctimas de un atropello continuo «clin, clon, clin, clon». Un barrio obrero considerado pacífico parece que acaba de despertar de un mal sueño.

Hay un torno de alfarero que gira en el hueco oscuro de un foso a ras de acera. Unas manos dan vueltas sobre la arcilla y una cruz tau se balancea sobre ella. En estos momentos se va a producir una inesperada llamada. La arcilla queda dando vueltas en el plato y termina deformándose como una correosa moñiga. Otra puerta que se cierra precipitada; hay un cambio de luces, un semáforo imprevisto. Llamada y semáforo han roto el escenario de ese mísero taller donde una mujer evade sus horas. El pensamiento que le giraba acaba de chocar con un autobús. Media cara de su cabeza afro le sale despedida y uno de los prominentes globos oculares salta a la vía como pelota de golf. El resto del cuerpo cae al asfalto. No hay señales de tráfico para alguien que cree en un microcosmos redondo y no hay tiempo de espera para un autobús de línea que está a punto de finalizar su servicio. Allí se quedan todos: los que comienzan y el que va a finalizar; los que se suman y ella; ella, quién se divide.


*  *


Un incendio en esa misma calle ha paralizado la circulación. Un hombre sale prendido en llamas; arde su ropa, restos de escay quedan impresos junto a sus tatuajes; al correr va dejando jirones de fuego; cae y se levanta, otra vez al suelo; abrasado despide pavesas encendidas en el asfalto. Le hierve su sangre por dentro. La presión de la manguera de agua revienta ahora sobre él y sobre la fachada de ese edificio en llamas. Una ambulancia arranca y el olor a carne chamuscada inunda ese interior blanco impoluto. Ya no le queda nada por cauterizar; sus venas apenas pueden enfriar sus entrañas y el oxígeno solo ayuda a apagar el poco aliento que le queda. Un frenazo brusco despierta esa línea quebrada de la conciencia, quebrada como aquel móvil, como esa arcilla sobre el torno.

Nada queda de él, solo una moto “Jarli”. En su carrocería se reflejan esas llamas de lo que podría haber sido un garaje subterráneo.


*


Una mujer rubia con ojeras y huellas dactilares surdas en el aumento de sus gafas esperan en la puerta de embarque. Una mirada azul que ensombrecen ese rostro nacarado; un cutis encerado al arco de la sonrisa de veinte tres años. Meses sobre la barra en un local lúgubre, camuflado a la vista de ese barrio obrero. Ella ha vivido en el segundo nivel.

Una rampa que baja a varios garajes y junto a uno de ellos, un club donde un hombre de camiseta blanca y tatuajes coloca billetes al hilo de su braguita. De cuatro a ocho clientes diarios en el reservado del taller mecánico; apenas doscientos euros para esa hija que ha dejado en su país.

Anca, camarera, nacida en Braila, al este de Rumanía, está a punto de ser deportada. Sentada espera. Lleva una blusa rosada de nylon con botones dorados y sobre ella una cadena con algo que no suelta de su mano. En el suelo, una maleta repleta de ropa revuelta y un fajo de billetes escondido en el medallón del filtro de una moto. En su mano, un bolso con remaches y hebilla esconden unas llaves y una libreta con anotaciones en español y rumano. Esos párrafos ilegibles en una página rota sin el punto final la culpabilizan.