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21.9.17

EL HOMBRE DEL SOMBRERO MARRÓN








Boloduy tiene un montón de bolsillos en su ropa. Cada uno es diferente y cada cual tiene una historia. Verla con sus pantalones y su blusa es una fiesta: los bolsillos de colores le cuelgan de arriba abajo, algo así como un canguro poli marsupial. No es nada comunicativa a pesar de esa apariencia. Hay momentos que parece vivir en una especie de silencio eterno y tal vez, sea ésta la razón de su enorme capacidad inventiva. Con esa imaginación desbordante rellena sus bolsillos.

Siempre le ha gustado observar a la gente, hasta tal punto, que durante unos días hace suya sus vidas para después dejarlas donde estaban. Como tampoco es muy charlatana, no tiene curiosidad por lo que puedan contar de la vida de estas personas, ni le preocupa si están bien de salud o si entran o salen, si tienen familia o no, si son de aquí o de allá. No le interesa esa parte de su historia. Boloduy tiene una manía: se fija más en las personas cuando están quietas, preferentemente sentadas, pero si alguna está de pie, repara entonces en la sombra que proyecta su figura en el suelo o en la pared. Según ella, cuando permanecen inmóviles su historia se congela… ¿Qué? Ah, ¡Claro que sí! Boloduy quiere preguntarte algo,

«¿Qué bolsillo quieres?» Si yo fuera tú elegiría los de abajo, los de los pantalones, esos suelen llevar historias más interesantes. «Bien, has elegido estos, ¿Cuál de todos? los hay de todos los colores» Ella te ofrece una historia. Será la historia de alguien que se caracteriza por llevar algo que le identifica, corresponde asimismo con el color del bolsillo: el moño caoba, la gorra amarilla, las gafas azules, el flequillo fucsia, el sombrero marroooón… «¿Éste? Buena elección, es una de mis historias preferidas». Boloduy va a sacar la historia de su bolsillo marrón, está mirándote con la cabeza baja y con los diminutos labios apretados por la sonrisa.

*


El hombre del sombrero marrón se encontraba sentado en su silla, como siempre. Y como siempre se le veía con su cabeza baja y sus dos brazos sobre la mesa. Parecía una estatua, como esas de bronce que invitan a que te sientes junto a ella. Sus dos manos se podría adivinar que se movían, como si dibujaran en un papel. La misma rutina y los mismos movimientos desde hace cuatro días.

El hombre había transformado aquella pequeña mesa redonda de terraza en una mesa de dibujante. Cuando llegaba lo primero que hacía era sacar sus lápices de un bolso que llevaba cruzado y algo pequeño que podría ser, tal vez una goma o un sacapuntas; seguidamente pedía una taza de café. Este bar queda justo en la acera de enfrente del portal de mi bloque y lo llevaba observando desde mi ventana, ahí, plantado en la terraza. Aparecía sobre las 9 de la mañana y se quedaba más o menos una hora. Luego recogía todo y se marchaba.


**


El hombre del sombrero marrón es gris. Su chaqueta es gris, su pantalón es gris. Tiene una expresión limitada, neutra, que no alcanzo a ver bien, debe de tratarse de un delineante. Tal vez un delineante bien formado, con gusto y vocación por su trabajo: un delineante proyectista, un artista de la geometría. Pero me entra ahora una duda: ¿él trabajaría entonces sobre planos? son dibujos con dimensiones que en esa mesa serían imposible de hacer y además, utilizaría una escala, algo que no llego a apreciar sobre su mesa. Sin una escala no puede trabajar, entonces no es delineante. ¿Y si fuera un pintor? Un artista de esos que garabatean en cualquier sitio el borrador de su próximo cuadro; quizás una pintura que dentro de un tiempo sería famosa y lo consagraría, y todo gracias a estar sentado en la terraza de un bar ¡Qué cosas! Pero igualmente, la mesa es sumamente pequeña, no le da ni para el borrador de una escena, y además no se le ve que se fije en nada cuando dibuja, su sombrero no sale del papel. También mientras pinta no debe de sonreír y ahora lo hace, por un momento he visto su boca. Yo no me imagino a un pintor con el gesto de la sonrisa. Estos artistas, por lo general, están callados, pensativos, dejan que la obra de arte diga las cosas. Ya me doy hoy casi por vencida, a no ser que, Mmm… ¡claro solo podía ser un ilustrador!

Hoy se me está dando bien la investigación. Mi madre siempre ha dicho que tuve una época que todo lo relacionaba con las historias de Agatha Chistie. Y ahora que cuento esto, también el hombre del sombrero marrón podría tratarse de un ladrón preparando un robo, ah, ¡pero esto es absurdo! tal cosa se prepara en un día y no todos los días desde hace cuatro. Aunque también podría estar preparando el robo del siglo ¡guau, qué emoción! y todo en la terraza del bar de enfrente. Aunque si se impone el sentido común, como diría mi padre –pese a que él no tenía cualidades para el dibujo- seguro me haría razonar «hija, si te dan a escoger entre un trabajo artístico y robar…». Y como siempre su consejo sería el más acertado. Descarto al hombre del sombrero marrón como ladrón y lo dejo como ilustrador, ya está decidido. Le concedo el beneficio de la destreza, la habilidad, pero en un mundo lleno de historias y objetos no planos, ni lienzos, ni con ese concienzudo trabajo, utilizando métodos totalmente planificados y poco creativos como el del delineante. Seguro que el delineador tendría una caligrafía recta, centrada en la hoja, dejando unos márgenes perfectos, casi trazados con tiralíneas. Y sus dibujos serían coloreados dentro de unos límites… Búa, que aburrimiento.

El trabajo del hombre del sombrero marrón será fantástico, como el del pintor. Donde las emociones fluyan. Y lo harán en un solo trazo, como la creación del ilustrador: con un sencillo dibujo la poesía podrá brotar y provocar. El hombre del sombrero marrón entonces es un incitador con sus dibujos, nos desafía. Es un insinuador de otra realidad que, aunque la vemos no reparamos en ella hasta que nos la muestra. Vaya, no hay que negarse que tiene clase este hombre con ese sombrero marrón de ala.

¡Qué maravilla! Es un famoso ilustrador de portadas de libros que hace las delicias de los escritores; capaz de dibujar árboles de algodón y definir unos trazos hundidos en las raíces de dónde va a sacar pequeñas notas musicales. Notas que suenan y mientras, en otra página que está en blanco, empiezan a aparecer figuras que hacen equilibrio con las palabras; como esa equilibrista que caza estrella con sus zancos. El ilustrador es capaz de convertir una simple casa de cuco en el mundo redondo que todos conocemos… Este artista del lápiz será capaz de hacer llegar el mar al barco, tirando de las olas como si fueran una colcha. Llegaría a pintar líneas tiradas por pájaros, líneas que serían globos, globos que serán nubes… Creo que empiezo a enamorarme de este hombre del sombrero marrón.


***

Boloduy ahora está con los ojos como sandías y la boca cayéndole hacia abajo como un merengue en la pared. Su mano, la ha metido en ese bolsillo marrón, ya no la saca. Mucho me temo, que por unos días, esta historia se va a quedar ahí.


FIN




Una historia dedicada a todos los ilustradores que, con sus sencillos dibujos, algunos incluso minimalistas, son capaces de hacernos emocionar, reflexionar, sentir y ver más allá.  Estoy segura que tú conoces a alguien, algún ilustrador que te guste mucho ¿..........?