traductor

English plantillas curriculums vitae French cartas de amistad German documental Spain cartas de presentación Italian xo Dutch películas un link Russian templates google Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

15.11.17

EL RETO







Se unían siempre los tres primeros días de cada mes. Cuando él quiso preguntar el porqué de esos días, ella contestó: “Es cuestión de numerología. Los primeros números afianzan las uniones”. Él no insistió más en enjuagues mentales, y menos con Jana, de la que solo le interesaba su encuentro del mes: conversaciones en superficie y sexo sádico. Esas escapadas eran su manera de naufragar de sus quehaceres diarios y de los amedrentados vínculos familiares. Alejarse a babor de todo. Solo por tres días, fugado y refugiado en aquella guarida que tenía Jana en el monte: una vieja casa de piedra inhabitable tapada por una viña roja, con todas sus vigas corroídas, excepto una habitación. Un lecho con rastros de sangre, tierra y hojas como una cueva habitada.

*

El encuentro era un viaje de tres horas de coche con una inmersión obligada al bosque de Montleó. A mitad de la ruta se desviaban por un camino forestal: el Paso del torrente. Desde allí se les veía levantar una polvareda de caliza de cantera de unos veinte kilómetros en dirección a la polar. Con la luneta trasera tapada por completo de ocre, quedaba el coche en la dilatación de una curva. La pareja se adentraba en este bosque de robles y pinos en una caminata a traspiés atravesando las ruinas de un viejo molino de agua. Un rastro fácil de seguir por la sequía, solo polvo, grava y ramas secas, matorrales estremecidos hasta llegar a la mina. Un nacimiento que milagrosamente no se había evaporado; un hilillo de agua que permanecía, la suficiente para mantener la vida en aquel lugar.

Allí, bajo un viejo castaño, comenzaba la pareja con sus juegos eróticos: simulaban torpes escapadas, tirándose al suelo rodaban en primitivos forcejeos, se propinaban salvajes arañazos acompasados de jadeos y arranque de pelos; se arrastraban a bocados hasta alcanzar la soga que escondían en el agujero. Sabían bien donde estaba ese agujero hecho a conciencia: bajo la piedra con forma de pirámide. El primero que cogía la cuerda (casi siempre él la dejaba a ella) la lanzaba a una de las ramas del árbol; con una mano agarraba la cabeza del acompañante y con la otra la cuerda, una cuerda con el nudo "Dogal de verdugo" que debía de quedar a nivel del cuello y el otro extremo se amarraría fuerte al tronco.  Él sentía asfixia y orgasmo por igual. Cuando terminaban el ansiado ritual amoroso, extenuados, volvían por el sendero hasta la luneta empolvada del coche. Jana al llegar siempre dibujaba algo en ella: números. Y en cada ocasión, diferentes. Excentricidades que tampoco despertaban ningún interés a su acompañante. De nuevo en el auto, llegarían al mismo cruce y de allí, a la carretera que les llevaría a la casa de piedra.

*

Fueron siete encuentros de veintiún días exactos. Para Jana, el número perfecto para conseguir el poder. El final se lo daría este número. Su final era ganar. Dueña de la situación y de su confianza, ese último día ella le abrió el cráneo bajo aquel árbol. Quedó abierto como una granada. Granas que caían desparramándose por el suelo entre los restos de cortezas y hojas. Nadie vería jamás esa sangre. Rodando empujaría el cuerpo al lecho del torrente. Bajo tierra y sobre agua, allí quedaría. Para Jana ahora eran restos tapados y descomponiéndose.

Ha pasado un tiempo, más allá de las ocho y mil vueltas de un reloj de arena. Algunas de las hojas del último encuentro siguen incrustadas con restos de sangre seca en las suelas de caucho de sus botas, una vil pieza de taracea. Ahí, fijas, como esas iniciales de la pulsera que le regaló esta semana su hermana por su cumpleaños. Mayor de edad. Y mientras a él, el musgo arrancado aquel día, se le deshace en sus delgadas manos con la señal de la alianza (qué ironía pensar que ese anillo se lleva en el anular porque hay una vena que va directa al corazón); esas uñas cuidadas que se le abren a la par que los erizos de las castañas de ese viejo árbol, y su ropa de marca, tejidos finos que se le deshace a jirones por las costuras.

Jana con solo 17 años tenía su vida amordazada a los números y con una acidez en su sangre que la llevaba al menosprecio de cualquier vida ajena. Cuando lo conoció a él ya llevaba meses enganchada al juego de la muerte: “El pez fuera del agua”. Comenzó en el grupo con ingenuas pruebas: ver sin parar películas de terror y asesinatos, hacer diferentes nudos y probarlos, autolesionarse, controlar el tiempo que podía aguantar sin respirar bajo agua.., pruebas que tenía que ir superando, más siniestras en cada paso; sin tener conciencia que las exigencias del administrador de la red cada vez iban siendo más macabras. "El guardián de su fidelidad" le llamaban los componentes del grupo. Por encima de todo estaba el morbo y esos secretos con grandes dosis de oscuridad en una red invisible que la había unido como esa soga al pescuezo de su víctima. Víctima buscada a conciencia. Víctimas los dos, él y ella, uno del otro sin creer serlo. Una debilidad mortal, pero el reto lo consiguió. Puso la palabra "Fin" en su mensaje entonces ¿y ahora, qué juego buscará Jana? 

Pintura: J.L. Anderson