18.2.18

EL PINAR DE LAS VOCES









Una vez al año él viaja para encontrarse con una historia, cuando lo consigue, la atrapa y regresa a casa. Allí una compañera le espera, y muy cerca, también un bosque, un bosque tan vernáculo como un pilón de granito. Juntos pondrán los acordes a todas esas palabras que él trae bien cogidas; porque quién sabe si, tal vez se le pudiera ir la vida en ellas algún día.




El continuo zigzagueo lo ha mantenido despierto. Un cielo transitable de estrellas se muestra más clarividente que su mente. Inagotable y conciso, agarrado al volante, intenta cerrar la sinopsis de su obra:

«El perdón de la vida de un soldado en una guerra sin sentido. La humanidad prevalece para que de alguna forma se pueda sobrevivir moralmente después de esa guerra…».

Queda atrás esa umbría de escarcha. La aldea aparece envuelta con una densa neblina al abrigo de las chimeneas. Con los primeros rayos de sol, el humo se espolvorea en el aire como si de un tropel de caballos procediera. A su encuentro, la calzada, esa pendiente en una noche que ya agoniza, yacente en un ceniciento granito.

«Tal vez sea ésta mi mejor obra». Con ella, su novela, permanece mientras deja el auto. Gustavo entra en el frío y se le dobla el cansancio en el cuerpo. Envanecido toma el trazado sinuoso de la callejuela con esa humedad impresa en musgo. Va a un paso tranquilo. Sombrean los aleros, esos voladizos como faldones que rompen el perfil de la calleja creando un juego atemporal de luces y sombras. Y un solo ruido, el de la surcada con la reguera que baja.

«Sé que está cerca el final». Siente un escalofrío al escuchar el tañir de la campanilla; es la moza de ánimas que ya ha salido. Se apresura, mira la cara de granito que hay sobre el dintel de la puerta, y esa fecha, 1911. Es su casa.




Ya es media mañana, suena el piano. Gustavo baja la estrecha escalera de madera, un ric-rac de pisadas en caracol comienzan a delatarle. Nora deja de tocar.

–¿La traes? – Gustavo asiente– ¿cuándo irás al bosque?
–En cuanto desayune contigo– la besa en la mejilla.
–¿De qué trata? – Nora acaricia las teclas, él no contesta –He mandado reparar el entramado de madera… habrá que pintar los montantes… – deja el piano y lo abraza–.

El desayuno siempre despierta esos espíritus dormidos de la casa: el fuego de la vieja chimenea que chisporrotea y la fe visible de la antigua dueña; esa fe ciega marcada en la piedra, agrietada en la trabazón de castaño o comprimida en esa sillería del piso bajo. También hay un poyo, un poyo de granito junto a la puerta con esas invisibles siluetas que esperan.




Gustavo y Nora se trasladaron de la ciudad a San Martín de Huélago hace diez años. Una aldea abrazada a un bosque de pinos con manchas de robles y castaños: el Pinar de Calamonte; un puzle de colores que encaja a la perfección con el brillo que quiere Gustavo para su prosa. Solo en este bosque, ha conseguido depurar sus textos, él le llama «la perfección final». Con el acento puesto en su vida y en su trabajo, él siempre pone la atención en la escucha para buscar la armonía. Gustavo ha aprendido a gritar desde el papel y transcribir su sonido; un sonido armónico, envolvente que se le enreda como hiedra. Solo el bosque consigue este punto dulce, el necesario para darle otra perspectiva a sus escritos. Aquí algo que sale de la tierra y se expande por los árboles.





Terminado el desayuno, Gustavo sale de la casa con su carpeta bajo el brazo; coge la mochila y su sombrero del zaguán. No es secreto para nadie hacia donde se dispone ir y lo que va a hacer. Su vocerío ya es conocido en la aldea. Por el soportal de piedra cruza la plaza; la arquería y el cruceiro quedan atrás. Toma el camino al bosque. Un desganado caudal de helechos lo dirige.

Gustavo comenzó este proyecto literario a finales de marzo, en su “primavera de las letras”, en la que encontró las mejores resonancias, bastas en recuerdos y experiencias. Él siempre intenta acabar sus historias para el otoño, cuando el bosque está vibrante de frutos y caduco de savia.

El bosque, tan misterioso y próximo, capaz de rebelarle una realidad más viva; allí donde pone oído y mirada, aliento y voces: la suya y su eco. Gustavo le cuenta su historia página a página. Primero las palabras las grita con el ruido de la hojarasca y después las levanta al aire:

 «Entre la cornisa y el tranco, ¿qué deseas encontrar? Tu ironía falsa y tu valentía absurda te destierran…»

Repite y comprueba como suenan. Para. Corrige. Vuelta a leer hasta casar las ideas con palabras; esas palabras que en el aire se hacen perspicaces y hasta los silencios se pueden escuchar:

 «…¡Vete lejos! Donde la frontera te ponga enojo y dejes allí tu arma ¿Qué me dices? Licencia de virtud te llevas ¿y no te parece suficiente? Márchate.»




Debe corregir, hay algunas frases que no son las precisas y además, están esas escenas que todavía no refuerzan el sentido...Gustavo le leerá al bosque una y otra vez, un día y otro, hasta conseguir esa perfección artística que quiere en su obra.




Nora lo espera impaciente en casa. En el modo de entrar sabe que todavía no podrá leer su historia; pero en esta ocasión, tal vez ella le engañe. La enfermedad de Gustavo ya se hace evidente en su cuerpo, queda poco tiempo y Nora lo necesita con ella. Le pedirá que ahonde en descripciones, no importa si se ajustan o no, pero la novela acabará cuando lo decida ella, porque en el fondo, es Nora la que siempre consigue esa perfección, la que él busca para su obra, la que consigue terminar con el maridaje de sus notas.

Las horas, esas siluetas del tiempo, tal vez no son justas para nadie; pero el fin llegará y entonces… se apagarán las voces. 

FIN

Relato inspirado en un viaje que hicimos Jose y yo el año pasado a la comarca de Extremadura y Sierra de Francia. Autenticidad. La considerada por mucho tiempo como la España profunda. Una tierra que aún conserva la esencia del pasado; permanece la arquitectura. Lugares donde no se dejan morir las tradiciones y no se ahoga la historia. Rincones y valles donde no desaparecen las lenguas; no se silencian los bosques. La fala es una lengua del siglo XI que aún se conserva allí y son pocos los que la hablan, solo la gente del valle de Xálima. Las voces. Las voces de la gente, las voces del bosque...ay, espero que esas... jamás las acalle nadie.