21.4.18

ESCALERA DOBLE MODELO DA VINCI








Ella nunca más se cruzaría con él, pese a vivir en la misma casa.

–Hasta aquí querido, ya no te soporto más –ella ha esperado el fin del postre. –
–Yo tampoco cielo, cof, cof –su marido contesta medio atragantado, con la servilleta en la mano– pero... yo aún te quiero.
–Y yo a ti. Quién se va primero. Es lo que hay que decidir.
–Aaah, yo no, he puesto todo mi dinero en esta casa porque tú te encaprichaste en una mansión del siglo XVIII.
–Yo tampoco, he dejado mi vida en esta casa; cada esquina, cada rincón tiene todas mis apreciaciones artísticas del mundo.
–¿No pretenderás Florentina que vivamos juntos aquí y… divorciados?
–Pues sí ¿por qué no? Con probar no perdemos nada, pero con la condición de que debemos evitar vernos.
–Pues tú dirás cómo.
–Entrando y saliendo por diferentes puertas y cerrando las ventanas.
–Pero, nos veríamos por las escaleras, por el jardín, en la entrada.
–Debemos pensar en algo para no hacerlo -se levanta y va hacia la ventana-.
–Ja, podemos construir una tapia y hacer dos escaleras diferentes, dos puertas.., ja-ja, sería divertido, pero incómodo de hacer, sobre todo, la escalera- tira la servilleta sobre la mesa, se levanta y se va a acariciar la piel de su sillón.-
–Siiií, no es mala idea, tu subirías por una y yo por la otra…
–¡¿Dos escaleras?! ¿Y si algún día quisiéramos vernos?
–¿Para qué? Está decidido, nuestro divorcio es ad morten.
–La vida da muchas vueltas y las circunstancias pueden hacer que…
–¡Pardie! ¡¡Pardie!! Yo ya estoy harta de darle vueltas; nuestra relación no nos conduce a nada y a ninguna parte… – Florentina queda mutis, con los ojos abiertos– Ya lo tengo! Ves, ves aquí soy la única que tiene la sensibilidad del pensamiento y obra.
–Claro, ¡solo estamos tú y yo! y yooo… ¡puedo cometer delito de omisión!
–Sssh, calla. Recuerdo que... Las escaleras las podemos hacer como la del castillo ese, el que visitamos en uno de nuestros viajes a Francia; tenía una doble hélice de peldaños separada por un hueco central… y además, ¡iría en consonancia con el estilo de nuestra casa! ¡Si, si, siií!
–Yyaaa, y con ven-ta-ni-tas claro –la mira y levanta la ceja izquierda– ¿No pretenderás hacer ventanas también en el hueco?
–Sí-i-i, no lo había pensado, es buena idea y además sería nuestra única forma de comunicación, si queremos hacerlo, claro.

Y comenzaron las obras de rehabilitación para la consagrada desunión. La casa se dividió por la mitad tras el inminente divorcio para cumplir con todos los cánones de rigor. La construcción de las escaleras se llevó todos los ahorros de la pareja. Dos escaleras en caracol de piedra siguiendo la arquitectura clásica, embutidas en una torre central y un hueco iluminado por una luz cenital. También como correspondía al desposorio se abrieron ventanas y puertas en cada parte del edificio, unas hacia el norte y otras hacia el sur. Solo podrían verse, si querían, por las ventanas de la escalera. Y esto no iba a ocurrir bajo pronóstico. Si coincidían en alguna de las subidas o bajadas, y por casualidad, había contacto visual, sería la señal del encuentro y el contrato de separación ya no sería válido. Esta fue la condición más precisa del pacto.

Las obras duraron meses. Conseguir los materiales y realizar aquella obra arquitectónica en el centro de la casa no fue activo fácil. Se tuvo que contratar a seis empresas diferentes. Nada más que en montajes de andamios y grúas fue una odisea; hacer semejante hueco de diez metros de diámetro, subir los peldaños, acoplarlos a los tres pisos de la mansión y a sus respectivas puertas, y encima, en caracol; además de abrir las puertas de entradas y salidas a ambos lados de la casa, ah, y las discusiones con el carpintero para el tallaje de madera en doble hélice del pasamanos... Y llegó el gran día.

–¡Es una maravilla Pascual, una maravilla! ni Da Vinci ha podido hacerlo mejor.
–Un capricho muy caro, muy caro, Florentina.
–Seremos la envidia de la comarca.
–El hazmerreír de mis amigos.
–Bueno a partir de mañana, nuestras vidas quedan selladas del pasado y es sobre abierto al futuro.
–Tú siempre tan cursi…
–¿Has recogido todas tus cosas?
–Sí, ya está todo distribuido en mi “ala de la mansión” y también Chola.
–¿Chola? ¿Quién te ha dicho que tienes el derecho de llevártela?
–Yo la he criado.
–Yo la he cuidado siempre que ha estado enferma por culpa de tus excentricidades neuróticas.
–Bueno, podemos compartirla…
–Pues, déjame pensar cómo hacerlo.
–Miedo me das, eres capaz de partirla por la mitad.
–La meteremos en la jaula y tú la tendrás un año, y pasado ese tiempo, me la cederías a mí.
–¿Custodia compartida?
–Un año pasa rápido.

En esto sí hubo un acuerdo rápido. Quedarse los dos con la cotorra que compraron en uno de sus viajes exóticos. «No comprendo cómo sentían esa pasión morbosa por una altanera emplumada».

Pasó el año sin incidentes. No se vieron. A la hora del traspaso de poderes sobre el plumífero, o sea, pasar la jaula por el centro de la torre donde estaban las escaleras y meterla por una de las ventanillas, esto se les complicó. La cotorra se escapó en una de las lanzadas de jaula de una ventana a otra y quedó revoloteando de arriba abajo en el hueco entre las dos escaleras. La pájara se veía reflejada en el cristal de las ventanucas y salía disparada en otra dirección, gritando: TE ODIO, TE ODIO. Se pasaba día y noche intentando ir hacia la luz, y creedme, que esto tenía poco de espiritual con esos chillidos.

–¿Pascual tenemos que hacer algo? – asomada a una de las ventanitas, y siguiendo con la cabeza la Chola– La pobre… está exhausta, se va a desmayar de tantas vueltas.
–Tú me dirás, eres la pen-san-te; te recuerdo que lo de la escalera fue tu idea.
–¿Y si ponemos maderas entre las ventanas e intentamos cogerla? tú por un lado y yo por otro.
–Podemos intentarlo, pero tú te empeñaste que las ventanas no estuvieran a la misma altura para hacer más difícil nuestro reencuentro.
–Debemos entonces abrir todas las ventanas y por alguna de ellas entrará.

La cotorra se debería oler algo, porque se negó a entrar por las ventanas, ni de uno ni del otro lado. Se enganchó del cordón de la claraboya que pendulaba del hueco y desde allí se le escuchaba los chillidos ¡PAR-DIE! ¡PAR-DIE! mirándolos con ojos de Orión.

–No entra Pascual, no entra.
–Ten paciencia.
–¡¿Paciencia?! Sabes que la cotorra es neofóbica.
–Se la provocaste tú con esos vestidos de colores rabiosos.
–Y tú, con tus juguetes voladores, ¡¡le daban taquicardias!! ¡¿y has olvidado cuando te veía andar con tus polainas?!
–¡¡No discutamos!! Busca palos, haremos soportes en las ventanas y le colgaremos comida y agua y seguro que en una de esas la cogemos.

Y así lo hicieron. Todas las ventanucas parecían la entrada de una pajarera. La cotorra se la veía bajar y cuando veía la cara de sus amos se ponía histérica ¡CHICHINABO, CHICHINABO!  ¡REPIPI!  ¡¡REPIPI!!

Por la noche aprovechaba la plumífera chillona para comer y beber, y durante el día se la pasaba colgada bocabajo en la claraboya mirando lo que acontecía por abajo.

–Ay Pascual ¿qué vamos a hacer? Nos echa de menos, mira su cara.
–No se me ocurre nada.
–¿Y si le compramos un compañero? a lo mejor se anima a bajar y entrar aquí. Los huevos claro, ¡¡los huevos!! ¡ella no tiene más remedio que ponerlos aquí dentro!
–Entonces, hoy mismo iré a la ciudad.

Y así fue como a la Chola le trajeron un compañero, y otro, y otro, y otro. El hueco de la torre de las dos escaleras se convirtió en un cotorral. Y ni imagináis la chillería… ¡ZAMBULLO! ¡ZANBULLO! ¡ZAMBULLO! Se escuchaba a diez leguas.

En cuanto a Pascual y Florentina después de romper su pacto, ellos decidieron juntar sus vidas de nuevo. Les dejaron media casa a los nuevos inquilinos y se fueron a vivir al otro flanco de la casa; lo más alejado posible de la cotorrada. Eso sí, todos los días ya felices disfrutando de los cuidos a su progenie alada. Y ahí siguen, tan contentos.

FIN